El sábado 28 de febrero el mundo se despertó con una nueva guerra. Las fuerzas armadas de Israel y de Estados Unidos atacaban por sorpresa la República Islámica de Irán.
La estrategia utilizada por Washington no difiere mucho de la empleada en Venezuela: golpear y descabezar, pero no ocupar físicamente el territorio. Sin embargo, lo que nunca pudieron prever Trump ni Netanyahu es que Irán sea un Estado militar y político más sólido que el país sudamericano.
El músculo militar de la antigua Persia
La República Bolivariana tiene (o tenía) un presupuesto militar de 4 mil millones de dólares, al tiempo que la antigua Persia supera los 23 mil millones. Mientras que las defensas antiaéreas venezolanas se limitan a los viejos S-125 y S-300 rusos, Irán posee tecnología propia (Bavar 373 y Karded) con capacidad para detectar y derribar aviones furtivos, como son los B-2, F-22 o los F-35. No se debe pasar por alto que Irán tiene una industria militar orientada a la producción de drones y misiles.
Es fácil apostar que tanto Tel Aviv como Washington buscaban de origen un conflicto breve. Lo que Estados Unidos e Israel hicieron durante las primeras 48 horas, tras el inicio del ataque, fue golpear las defensas antiaéreas con la intención de controlar el espacio aéreo iraní.
Resistencia y estrategia de desgaste
Si bien es cierto que Irán ha sufrido un serio correctivo, este no parece haber afectado a su capacidad para resistir y, sobre todo, parece no haber afectado a su estrategia para hacer daño en el exterior. Los ocho años de guerra contra Irak fortalecieron no solo su capacidad para resistir, sino también su capacidad para convertir la contienda en una guerra de desgaste. Los iraníes son expertos en ella.
En cuanto a su estrategia para hacer daño, hay que decir que desde que se iniciara la ofensiva, Irán no ha parado de bombardear las bases militares occidentales en el exterior, particularmente estadounidenses. Esta táctica, que podríamos denominar como “estrategia mártir”, responde a un objetivo claro: alargar el conflicto.
Factores de riesgo global
Aquí conviene tomar en cuenta factores extra: si el conflicto se extendiera en el tiempo y en el espacio, los gobiernos de Trump y de Netanyahu podrían recibir duras críticas internas y también de sus aliados. Por ello, el objetivo de Teherán parece claro: prolongar el conflicto hasta cuatro semanas.
De suceder esto, se acabarían las reservas de crudo, lo cual dispararía el precio del petróleo por encima de los 100 dólares. Si esto llegara a pasar, nos veríamos en un escenario de recesión económica y, por lo tanto, los gobiernos estadounidense e israelí verían mermados sus apoyos internos y externos.
Tampoco podemos olvidarnos de la complejidad de la sociedad iraní, donde encontramos minorías azeríes, baluches, árabes, kurdas, armenias, lures o turcomanas. Si el régimen se resquebrajara, algunas de estas minorías podrían aprovechar la ocasión para declararse independientes.
Tres escenarios posibles
Con esto sobre la mesa, existen tres posibilidades ante el conflicto:
- El colapso del régimen: Tal vez el más improbable. Un cambio de gobierno liderado por Reza Pahlavi —príncipe heredero del Sha, que actualmente vive en el extranjero— con el apoyo de los Estados Unidos.
- Guerra de mediana duración: Un conflicto que se prolongue hasta un año con movimientos dentro del régimen que busquen acuerdos pragmáticos con el gobierno de los Estados Unidos.
- Desestabilización generalizada: Una guerra más larga (2-3 años) con mayor coste y una crisis total en la región. De darse este escenario, las consecuencias serían globales e impredecibles.
¿Qué va a ocurrir? Es difícil calcularlo ya que la situación cambia casi cada hora. Tal vez es tiempo de acudir a la literatura y recordar las palabras del poeta persa Saadi Shirazi: “Un fin puro no justifica un camino impuro”.



