Capítulo 60: El Grunge y el Olor a Espíritu Adolescente

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Todos anunciaban el futuro del rock. Quizá estaban escuchando su despedida.

Antes de que el grunge se convirtiera en uniforme generacional, Motörhead y Metallica ya habían puesto sobre la mesa velocidad, volumen y una integridad bastante incómoda para quienes decidían qué música merecía tomarse en serio. En ese mundo de dibujos animados que podía ser el heavy metal, ambos grupos introdujeron cierta nobleza: compromiso con lo que tocaban y pocas ganas de pedir permiso. El problema era que las guitarras correctas, aparentemente, también necesitaban tocar en el club social correcto.

Los guardianes del gusto alternativo no parecían demasiado impresionados. En los círculos de las radios universitarias estadounidenses y la prensa musical británica, aquellas bandas difícilmente recibían el tratamiento reservado a los artistas importantes. Tenían la velocidad y el volumen del punk, pero les faltaba la credencial. Ser ruidoso no garantizaba ser alternativo. Había que conseguir que las personas adecuadas explicaran por qué tu ruido sí tenía profundidad.

Entonces llegó el grunge y el entusiasmo adquirió dimensiones planetarias. Había música, vestimenta, lenguaje y una generación dispuesta a reconocerse en todo aquello. De pronto, muchos celebraban una supuesta brecha en las murallas del rock clásico, abierta con la ética y la actitud del punk de 1977. El futuro había llegado despeinado, y la industria estaba encantada de averiguar cuánto podía cobrar por la camisa.

Nirvana y Kurt Cobain quedaron en el centro de esa lectura: la promesa de que el rock todavía podía incomodar, sacudirse sus convenciones y representar a quienes no encontraban su lugar en el espectáculo. El fenómeno parecía ofrecer una renovación completa. Aunque resultaba curioso que buena parte de las herramientas de aquella revolución llevaran años haciendo ruido frente a oídos muy selectivos.

Y aquí aparece la idea incómoda de este capítulo: ¿qué pasa si el grunge fue el punto final del rock? Si aquello que recibimos como una promesa de futuro era, en realidad, la culminación de sus contradicciones. Rebeldía convertida en fenómeno de masas, inconformidad con vestuario reconocible y una industria vendiendo con enorme entusiasmo la música que supuestamente venía a cuestionarla.

En este episodio de La Historia del Pop recorro el camino que une a Motörhead y Metallica con la irrupción del grunge, Nirvana y Kurt Cobain. Y planteo una lectura menos complaciente de aquella explosión adolescente: la posibilidad de que el rock estuviera llegando al final de su gran relato justo cuando todos brindaban por su renacimiento. A veces, con los amplificadores tan fuertes, cuesta distinguir una bienvenida de una despedida.

En este episodio escucharás

  • Motörhead y Metallica: velocidad, volumen y una integridad que los guardianes del gusto alternativo no siempre quisieron reconocer.
  • Quién decidía qué era música seria: las fronteras entre el heavy metal, la cultura alternativa y la legitimidad crítica.
  • La explosión del grunge: cómo un estilo musical se convirtió en un fenómeno adolescente con vestimenta y lenguaje propios.
  • Nirvana y Kurt Cobain: las figuras centrales de una supuesta renovación del rock bajo el eco del punk de 1977.
  • ¿El futuro o el punto final?: la provocadora lectura del grunge como culminación de las contradicciones del rock.

El rock anunció su última gran revolución. La industria preguntó en qué tallas venía.

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